La familia de La Plata, de dulce y oro

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Foto: Manolo González.

Si hay un establecimiento señero y representativo en Los Barrios, ese es la pastelería La Plata. Fundado hace setenta años, este negocio familiar ha sabido transmitir el arte de endulzar los hogares barreños de generación en generación. El pasado 28 de febrero el Ayuntamiento de Los Barrios entregó a esta pastelería la Medalla de Oro de la Villa. Un reconocimiento que se suma a otros tantos y que sirve para devolver a La Plata lo que cada día, con su trabajo artesano, entrega al pueblo de Los Barrios, sirviendo como una de las mejores marcas de este municipio.

No importa la hora, siempre hay alguien en La Plata recogiendo su bandeja de pasteles. Ofrecen más de cincuenta tipos de dulces. De todos los sabores, de todas las clases, tamaños y colores. Esta pastelería ha sabido adaptarse a la modernidad sin perder el cuidado y el gusto por el sabor más tradicional.

Los primeros datos registros que existen de esta pastelería son de 1950. Sin embargo, el legado de este establecimiento viene de lejos. Los cimientos de La Plata fueron levantados por Juan Domínguez antes de la Guerra Civil. “Empezó a trabajar en el campo con doce años. Después estuvo en una panadería del pueblo y ahí descubrió que aquello le gustaba. Él procuraba ir siempre hacia adelante, mejorar y seguir avanzando. Así que comenzó haciendo mantecados, sultanas, magdalenas y bizcochos, productos que no necesitaban mucho margen de elaboración porque antes no había ni las máquinas de hoy ni el volumen de clientes de ahora”, explica Ángel Domínguez, hijo de Juan y actual propietario. La producción de pasteles fue aumentando poco a poco con arreglo al incremento del poder adquisitivo de la población.

Foto: Manolo González.

A partir de los años cincuenta el negocio de la pastelería fue creciendo. “La gente compraba cada vez más pasteles y mi padre fue adquiriendo mejores maquinarias. Empezó con un horno de leña, luego compró otro más moderno. También tenía una batidora grande que era amasadora y ya después fue comprando algunas máquinas más”, comenta Ángel mientras nos enseña los entresijos del obrador donde se cocina y endulza los productos de La Plata. Todavía hoy conserva algunas de estas primeras máquinas, nuevas, como el primer día.

Y es que Ángel ha crecido aquí, entre estas máquinas y los secretos de estos productos. “Siempre he estado aquí, desde que tengo uso de razón. Estudié hasta lo que entonces era bachillerato y pensé en irme fuera a estudiar química, pero en realidad a mí esto me ha gustado siempre. Mis padres ya eran muy mayores y tocaba hacer relevo”. De esta forma, Ángel y su hermana tomaron las riendas del negocio.

“Siempre he estado aquí, desde que tengo uso de razón. A mí esto me ha gustado siempre. Mis padres ya eran muy mayores y tocaba hacer relevo”

La familia es uno de los fundamentos de este negocio. “Cuando me casé con mi mujer, ella se implicó en esto desde el primer momento. A ella le gusta que las cosas estén bien hechas, es exigente, constante y trabajadora, y tiene cualidades para la venta porque también viene de familia de comerciantes. Ella siempre está de cara al cliente, se preocupa de atenderle bien y trata de ofrecerle lo que necesita en cada momento. Los que trabajamos en el obrador a veces nos metemos en la rutina y desconectamos, así que es muy importante este contacto directo de mi mujer con el cliente, porque ella nos dice que está saliendo bien o mal y que tenemos que mejorar”.

Porque en este equipo van todos a una, todos se pringan. “Cuando mi padre empezó con esto él mismo era el dueño y el trabajador y sabía cómo se hacían las cosas”. Esta filosofía continúa hoy todavía. “Es importante que tratemos siempre de rectificar y mejorar”, apunta Ángel.

Foto: Manolo González.

Mantener el listón no es fácil. Es complicado llegar, pero más difícil es mantenerse. “Este es un trabajo muy sacrificado, al que tienes que dedicar muchas horas. Pero siempre encuentras una recompensa, la de la satisfacción de hacer un trabajo bien hecho, que te gusta y que luego ves recompensado con la respuesta de los clientes”.

Unos clientes que llegan desde todos los puntos de la comarca, el mismo Peñón de Gibraltar y más allá de la provincia. “Nuestros clientes han sido quienes les han dado fama a nuestros pasteles y los han llevado de un sitio a otro. Como cuando había alguien enfermo en el hospital, en Algeciras o Cádiz, y le regalaban pasteles, o vecinos también de Los Barrios que se fueron a Cataluña o el País Vasco y se llevaban dulces, o personas que visitaban el pueblo y nos compraban”.

“Nuestros clientes han sido quienes les han dado fama a nuestros pasteles y los han llevado de un sitio a otro”

Para Ángel hay una diferencia entre los productos de La Plata y otros. “A mi padre le gustaba emplear materias primas buenas, de primera calidad. Su lema era que lo que no querías para ti, no se lo dieses a los demás. Él elaboraba los pasteles como si fueran para él. Aquí todos los dulces los hacemos en el día y empleamos productos de buena calidad. Esto marca la diferencia y la sigue marcando. También es muy importante la atención al público. Elaborar un producto de primera calidad y hacerlo con cariño, con la intención de que le guste al cliente”.

Lo aprendido, todo lo recorrido, continúa hoy con los hijos de Ángel Domínguez Urbano y Matilde Navarro Montes: Estefanía y Alejandro. “Dos de mis hijos están ahora implicados en el negocio. Mi otra hija, Mariángeles, aunque también le gusta la pastelería, estudió psicología y se dedica a ello actualmente. Trabajar en familia es muy bonito”.

Una familia de la que forman parte los dieciséis empleados de La Plata y para los que también va dedicada la Medalla de Oro de la Villa. “Este último reconocimiento lo hemos recibido con mucha satisfacción. Estamos muy orgullosos y queremos dar las gracias a todos por la atención que nos han prestado siempre. Aquí todo el mundo es importante”.

Y así lo mostró Ángel cuando recogió este premio. Emocionado recordó a su padre, hijo predilecto de Los Barrios, y destacó el compromiso y el esfuerzo de todos los trabajadores de la pastelería. “Y a mi mujer, Matilde, por llevar el timón de este barco”. El horno de La Plata ya tiene relevo garantizado, y promete seguir endulzando sus productos con la familia y el trabajo bien hecho como ingredientes de sus mejores recetas.

“A mi padre le gustaba emplear materias primas buenas, de primera calidad. Su lema era que lo que no querías para ti, no se lo dieses a los demás”