Y con el cambio de horario, la depresión colectiva

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Y llegó de nuevo, como el día de la marmota, un cambio de horario de verano a invierno. A pesar de los debates europeos, las polémicas partidistas y los discursos de reputados economistas acerca de los beneficios y desventajas del cambio de hora, lo cierto es que esta noche, a las tres de la madrugada, habrá que retrasar el reloj a las dos.

Aunque esto de retrasar es ya casi un eufemismo y se limitará a los relojes no digitales y al típico reloj del horno que apenas usas. El resto de los dispositivos ya se cambian solos y mañana domingo, nada más levantarnos, nos encontraremos en pleno invierno. Al menos desde el punto de vista horario. Desde el meteorológico, ya veremos.

Lo cierto es que esta formalidad, que tiene apariencia inocua, se nos presenta como una especie de depresión colectiva en una sociedad como la nuestra, la española, que vive del sol y la vida en la calle. Que no cunda el pánico. En cinco meses, volveremos a ver la luz.

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