Ana Casal: “Antes vivíamos con los ojos cerrados”

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Cuando entro en la casa de Ana Casal Gutiérrez, un luminoso y tranquilo salón lleno de recuerdos y retratos de sus hijos me transmite cierta sensación de paz, de sosiego. Sin embargo, conociendo su historia, enseguida imagino algo muy distinto a lo que ahora puedo contemplar. ¿Cómo estás, Ana? Le pregunto mientras me acerco a ella, que está sentada en su amplio sofá, acompañada de tres de sus 18 hijos, mientras la luz de la ventana llena todo el espacio. Aunque tiene ciertas dificultades para oírme, esta barreña nacida en la calle La Posta aún conserva la capacidad, a sus 93 años, de construir el relato de su historia, una vida llena de sacrificio, esfuerzo y trabajo para sacar adelante a su numerosa familia ayudada por algunos vecinos. 

Las primeras personas que menciona Ana son Quica Vázquez y Lola Fuentes, con las que trabajó de jovencita en aquello que entonces se denominaba “trabajar en las casas”, versión popular de lo que hoy conocemos como servicio doméstico. Aquella chica soltera dejó de ir a las casas cuando se casó con su marido, Antonio Rivera Cobos, un 26 de octubre de 1945.

“Elegí a mi marido, tenía muchos pretendientes, pero yo elegí la persona con la que quería casarme”, nos explica Ana con cierto orgullo. Para entonces Ana y Antonio ya habían tenido su primer hijo, Juan Luis, nacido unos meses antes. Justo un año después Ana dio a luz a María, en julio de 1946, aunque tristemente falleció cuando solo tenía cuatro meses; y al año siguiente, también en el mes de julio, tuvo a su tercer hijo, Manuel. Desde entonces, y hasta junio de 1969 nacieron sus otros 15 hijos: Josefa, Antonio Roberto, María del Carmen, Francisco de Asís, Emilio Marco, Jesús Esteban, Moisés, Leonardo, Rosa, Ana, Ángel, Inmaculada, Dámaso, Bienvenido y Silverio.

“Empecé vendiendo tabaco. Era la que más vendía porque que me atrevía a entrar en los bares y en sitios en los que otras mujeres no lo hacían”

Un cuarto de siglo criando a niños se nos presenta hoy como algo imposible, pero Ana y su marido lo consiguieron con mucho trabajo, tesón y la ayuda de vecinos y familiares. “Empecé vendiendo tabaco. Era la que más vendía porque que me atrevía a entrar en los bares y en sitios en los que otras mujeres que vendían no lo hacían”, nos cuenta. Su marido tuvo varios oficios a lo largo de su vida. Comenzó trabajando en el muelle de Algeciras, ejerció de consumista -los encargados de cobrar impuestos a la entrada de los pueblos-, luego consiguió un puesto en el matadero municipal y acabó su vida laboral como conserje de un colegio.

La familia Rivera Casal pasó por distintos hogares y en cada uno de ellos la vida era posible gracias al trabajo de Ana y Antonio, pero también a la ayuda de muchos barreños. Según me cuenta, Maruja Rodríguez le ofrecía dinero para sacar adelante a los niños; y Paco, el de la panadería Espinosa, cada vez que le daba un pan de lata le decía que se lo pagara cuando los niños fuesen grandes. Del matadero, cuando alguno de sus hijos se acercaba a ver a su padre siempre se traía algo bajo el brazo por orden del matarife. Al recordar a todas esas personas que le ayudaron, Ana no puede evitar emocionarse y regresar, por un momento, a aquella vida en la que lavaba la ropa de los pequeños de noche y usaba el picón para secarla hasta que uno de sus hijos, con 19 años, le compró su primera lavadora.

“Mi madre nos escondía a los mayores las latas de leche condensada porque las necesitaba para la leche de los pequeños”

Recuerda con mucho cariño a su cuñada, la tía Nena, que le hacía los trajes de comunión a sus hijos varones con tela comprada en Gibraltar, y a las hijas de las vecinas con las que sus niñas compartieron el traje con el que acudían a la iglesia. El librito también se lo prestaban, pero Ana siempre quiso, y lo logró, que cada uno de sus hijos tuviera su cadenita y su crucifijo.

Los Rivera Casal tienen en su haber tres premios de natalidad valorados en 25.000 pesetas. En 1967 consiguieron una de las 10 viviendas que el gobierno de Francisco Franco sorteó entre las familias más numerosas de todo el país. Sin embargo, Ana tardó 18 años (1985) en entrar con sus hijos en la casa en la que ahora reside, en el número 19 de la calle Menéndez Pidal. Para entonces su primer hijo ya había cumplido 40 años.

Cuando le pregunto por qué tuvo tantos hijos, Ana, con cierta gracia, me responde: “Porque me acostaba con mi marido”. Sin embargo, no esconde que el mundo que le tocó vivir, como mujer, era muy distinto al de hoy. “En aquella época vivíamos con los ojos cerrados”, añade.

Tres de sus hijos, que nos acompañan durante la entrevista, no pueden evitar reírse cuando recuerdan que el bien más preciado que había en la casa de los Rivera Casal eran las latas de leche condensada. “Mi madre las escondía para que los mayores no las cogiésemos porque las necesitaba para la leche de los pequeños”, relata Antonio, el quinto de los 18. 

Antes de marcharme y de que Ana celebre su ritual de mediodía día -tapa y una copita de vino dulce-, le pregunto por sus hijos. “Son muy buenos, se pasan de buenos”.

Con esta sensación de generosidad infinita me despido de Ana, a la que apodaban La Mijita por su padre, que siempre pedía una miajita de aguardiente en los bares del pueblo. 

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